domingo, 16 de agosto de 2026

 

METÁLICOS


    El testigo silencioso acompañaba desde la seguridad del río a la extraña figura metálica que súbitamente había aparecido entre el espeso follaje, observó como su cromado perfecto reflejaba en todas direcciones los tonos verdes de la selva, lo vio avanzar de forma particular, por momentos caminando por momentos arrastrándose mediante una cinta metálica lo vio también desgarrando el suelo con duras garras. El engendro polimorfo avanzaba por el pantanoso terreno adaptándose físicamente a los accidentes topográficos y a todas las monstruosidades que salían a hacerle frente, a eliminarlo.

    El viejo panzón del humedal fue el primero en cruzarle el paso, arrastrándose en su turbio barro, sobre su propia inmundicia. Las bolas de fuego que proyectó sobre el polimorfo no surtieron mucho efecto, el bólido cromado adoptó forma humanoide, caminó hacia el gordo lagarto y, transformando uno de sus brazos en un elemento cortante lo abrió a la mitad dejando sus humeantes órganos desparramados en el limo. Pisoteó el cadáver y avanzó, tomando la forma de un tanque una vez vuelto a pisar tierra firme.

    La tribu del rey loco fue el siguiente objetivo, masacrada en pocos minutos; el tanque irrumpió en su territorio proyectando mortales incandescencias desde sus múltiples cañones, el  orgulloso monarca, presenciando aterrado la exterminación de su pueblo, intentó huir. Mas luego, viendo que su suerte estaba echada pegó la vuelta, en un futil intento de vivir sus últimos momentos con algo de dignidad. Con lágrimas en los ojos encaró al enemigo con un agudo grito de guerra. El polimorfo, adoptando ahora una forma reptiliana vagamente reconocible por el espectador que miraba espantado desde la orilla, le arranco al rey, de un mordisco, la mitad del cuerpo dejando en el suelo unos restos de aspecto ridículo, indignos.

    El observador, asustado, continuó acompañando silenciosamente desde el rio al exterminador extranjero que ahora avanzaba hacia el vertedero, ubicado en la zona limítrofe entre la selva y la ciudadela. El bólido, aún en su forma de reptil y escupiendo napalm de sus fauces arrasó con las colonias de avispas gigantes instaladas sobre los restos de una vieja corbeta mercante para luego, volviendo a la forma humanoide, rebuscar entre la chatarra piezas para incorporar a su anatomía cromada, nuevas habilidades desbloqueadas.

    El último trayecto fue extenso pero tranquilo, el espectador siguió al Cyborg hasta la zona de exclusión, lo vio explorar el perímetro hasta encontrar un punto de acceso a la ciudadela, una suerte de muelle de descarga de desperdicios, lo vio dar un espectacular salto para franquear los 15 metros de agua que lo separaban de la plataforma y acceder así a la zona de descarga... 

    La alarma desgarró el silencio, ruidos de pisadas colosales retumbaron aturdiendo a la criatura que a pesar del terror que sentía no podía despegar sus ojos de la escena. Se presentó un androide corriendo a toda velocidad, de aspecto sucio y oxidado, uno de sus brazos en forma de hacha, encaró hacia el polimorfo quien, aún con aspecto cuasihumano, esperó paciente hasta que, en el momento indicado, esquivando el ataque de su enemigo con un movimiento lento pero certero aprovechó el momento justo para insertar un brazo-tridente en los circuitos centrales del centinela quien, ya inerte y chisporroteante, se desplomó hacia el costado, precipitándose al agua turbia que rodeaba la plataforma.

    La puerta de acceso a la ciudadela esperaba al final de la plataforma, un monolítico bloque metálico, gris, con un círculo en el medio. El exterminador cambiaformas avanzó con cautela, se transformó nuevamente en tanque y con sus sensores escaneó la entrada, su veloz CPU ejecutó infinitos cálculos analizando infinitas probabilidades. En esta era de tecnología irracional el dominio se definía exclusivamente por la velocidad de procesamiento de datos. El círculo en la puerta también podía calcular, de hecho, su eficiencia y eficacia superaba ampliamente a la del Cyborg exterminador que, a pesar de esto, pudo calcular de antemano y a la perfección la trayectoria de su destino fatal. El circulo se abrió y expulsó un proyectil ineludible, el polimorfo, aún consciente de su inexorable destino intentó escapar pero la alquimia tecnológica quedó inconclusa, a medio camino entre tanque y humanoide, estalló en pedazos dejando un reguero de desperdicios metálicos humeantes y efluvios biológicos como único manifiesto de otro interno fallido de ubicar y eliminar al Vagabundo, señor de la ciudadela.

 

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